Las calles al anochecer se vuelven turbias y confusas.
La tenue luz de alguna farola ilumina el paraje tras el vendabal, enfundados en nuestros más gruesos abrigos andamos con velocidad con el deseo de llegar a casa.
Varios días soy consciente de tal episodio. Y acaba formandose tradicional
capto los sonidos en el ambiente y me conozco al vecino que pasea al perro tan tarde.
Apenas son unos minutos los que el frío me cala en los huesos, pero se hacen eternos ante mi maguyado cuerpo y mis contraídos músculos.
En la mente rondan pensamientos referentes a todo, a el día a la noche, a él y a ella.
A los gatos y a los vagabundos perros, a la música y al cine, transformandose en sueño que se difunde poco a poco hasta sacar las llaves de mi bolsillo abrir el portal. El ultimo humo blanco se escapa de mis labios a causa del frío, pero al entrar al pasillo se extingue. Mis pasos son ágiles, y con velocidad, ya que aún sonando patético mi portal me da miedo, siento que alguien va a estar esperando en el ascensor para atacarme.
Cuando llego, obviamente. Nadie.
Subo y pulso el botón, se cierran las puertas y empiezo a subir, de vez en cuando tarareo una canción, otras me voy desabrochando los zapatos.
Al llegar arriba abro la puerta, saludo, libro a mis piés de la opresión del calzado, me tumbo sobre la cama, y mañana será otro día.